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No le enseñemos a nuestros hijos a ser perfectos, sino a ser felices

La niñez es muy importante para todos los seres humanos, la necesidad de protección, la dependencia hacia sus cuidadores, su sed de amor y satisfacción de sus demandas es lo que determinará en gran medida de cómo será su vida cuando lleguen a ser adultos.

En muchos lugares se deja de lado las principales necesidades de los niños y el propósito de la vida como tal. Los colocan en una carrera para la que no están preparados, argumentando la competitividad, las cualidades de liderazgo, la independencia, fomentarle actitudes que le ayuden a resaltar, superando las capacidades de otros, ni las suyas.

Sabemos muy bien que los niños aprenden todo lo que ve a su alrededor y, sobre todo, lo que hacen los mayores, por eso se les dice que son unas esponjas porque absorben todo. Entonces, los pequeños se quedan con todas esas ideas y creencias hasta una cierta edad. Pero cuando llega a la etapa de la adultez, se pregunta si esas creencias que aprendió le ofrecerán algo positivo.

Cuando son niños no hay necesidad de que a los dos años aprender ir solos al baño, ni aprender a leer a los cuatro, tampoco es que debe tener un diploma de honor, ni llenarse de medallas. No quiere decir que esté mal, tampoco presionarlo para que haga algo diferente a lo que le haga feliz. No se debe comparar, menos sacar un pronóstico de su vida por sus demostraciones tempranas de presencia o ausencia de talento.

No hagas planes muy apresurados con sus habilidades de niño, de adulto esto cambiará.
No compares a los niños con otros de su escuela.

¿Qué podemos ofrecerle a un niño?

Todos tenemos algo especial, presionar a un niño para que destaque en un deporte, sacrificar sus horas de juego o esparcimiento no es necesario. Menos cuando el niño es obligado a hacer cosas por lo sueños frustrados de los padres o sus caprichos. Pero si les enseña a escucharse, hacer lo que les gusta, pensar, manejar sus emociones, es probable que le esté dando herramientas para que por sí mismos, incluso desde temprana edad elijan sus propias opciones.

Es de mucha utilidad ofrecerles orientación, sugerencia, pero la imposición no debe ser un recurso. Los dones del niño no llegan a desarrollarse por impulsarlos a realizar cualquier otra actividad que se considera la mejor para ellos. Lo mejor para los niños es mantener esa esencia con su ser, que le permita tener el equilibrio que la mayoría pierde con el pasar de los años, a medida que empieza a establecer prioridades equivocadas desde temprano.

Lo más valioso que se le puede dar a un pequeño es el amor, el respeto por sus tiempos, gustos, preferencias, tiempo de calidad que le ofrecen. El interés que se le demuestra por sus cosas, aunque sean pequeñas. Es lo que definirá su seguridad, confianza en sí mismos, su amor propio, su sentido de pertenencia. Fomentar en ellos el impulso a que sean mejores, que día a día sean su mejor versión, sin importar qué hace el hermano, compañero de clase el hijo del vecino.